El don de ser diferente

El don de ser diferente

Estos meses ha habido muchos cambios en mi vida y mi situación laboral. Ya hablaré de lo aprendido sobre ello entre sentimientos, interior, ayuda recibida y valores descubiertos…
Hoy… os voy a contar un cuento.
También tiene que ver con mi vida y es profundo darse cuenta de ello; pero sobre todo ha ayudado a una persona muy importante para mí que está descubriendo entre flaquezas y fuerzas de Fénix el don de ser diferente.

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Por mi lucha contra la injusticia, quiero anunciar bien visible que aunque había oído una historia similar no sé cuándo, la preciosa forma en que está contado este cuento que comparto es del autor Eloy Moreno. Sacado de su blog http://www.blog.eloymoreno.com/el-cantaro-roto/ donde hay otras historias recomendables para la reflexión y la felicidad.

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Se titula “EL CÁNTARO ROTO“.

Tal vez alguna vez te has comparado con otros cántaros y has pensado que tú, por todo lo que no sabes hacer, todo lo que haces más lento que otros y todo lo que haces de manera diferente a otros, eras “un cántaro roto”…

 

En una pequeña aldea situada en un desierto, vivía un hombre que cada mañana traía agua desde un manantial ubicado a unos pocos kilómetros de distancia.
Colocaba dos grandes cántaros a ambos lados de una gruesa barra de madera que, a su vez, apoyaba en sus hombros. Y así, con la alegría en el cuerpo y una sonrisa en el alma, comenzaba un camino que siempre era el mismo.
Tardaba más o menos una hora en llegar hasta el manantial. Una vez allí, se sentaba un rato a descansar y después llenaba los dos cántaros para iniciar el regreso.

Aunque eran parecidos, había una diferencia importante entre ambos recipientes. Uno cumplía a la perfección su trabajo, pues mantenía toda su agua intacta durante el trayecto. En cambio, el otro, debido a una pequeña herida en uno de sus costados, iba perdiendo agua durante el regreso; tanta que, al llegar de nuevo a la aldea, había perdido la mitad de su contenido.

Este último cántaro, conforme pasaban los días, se sentía cada vez más y más triste, pues sabía que no estaba cumpliendo con su trabajo. Y aun así no entendía por qué su dueño no lo arreglaba o, directamente, lo sustituía por otro. “Quizás”, pensaba, “esté esperando el momento en que me rompa totalmente para cambiarme por uno más nuevo”.

Llegó el día en que ya no pudo aguantar más y, aprovechando, que el aguador lo abrazaba entre sus manos para llenarlo de agua, se dirigió a él:
-Me siento culpable por hacerte perder tiempo y esfuerzo. Te pido que me abandones y me cambies por otro más nuevo, pues ya ves que soy incapaz de servirte como debiera.
-¿Qué? -contestó el aguador, extrañado-. No te entiendo, ¿por qué dices que no me sirves?
-Acaso no te has dado cuenta de que estoy roto y voy perdiendo la mitad del agua durante el camino de vuelta.

El aguador, conmovido, mostró una pequeña sonrisa, la abrazó junto a su pecho y le dijo en voz baja:
-No eres mejor ni peor, simplemente eres diferente y justamente por eso te necesito.
El cántaro no entendía nada.
-Mira, vamos a hacer una cosa -le contestó el aguador-. Hoy, durante el trayecto de vuelta quiero que te fijes bien a qué lado del camino crecen flores.

 

Si todos fueramos cántaros iguales. En ese camino no habría flores.

Todos somos diferentes y gracias a esas diferencias nos complementamos para ayudarnos los unos a los otros. Un “hoy por ti mañana por mí” desinteresado.

Como añadía mi viejo profesor de matemáticas tras muchos teoremas y teorías, “Corolario” de esto:  😉

Lo mismo ocurre aplicando la metafora a los conocimientos. Unas personas y otras saben de cosas diferentes; pero haber memorizado nombres, fechas o fórmulas y demostrarlo en conversaciones, no implica ser de una especie de nivel superior. He oído decirlo a abuelillos y/o a personas sin estudios y de pueblo, como avergonzándose, que no saben nada.

Sus caminos les ha otorgado unas experiencias diferentes.  Pueden no saber por qué la electricidad puede hacer que en una pantalla salgan imágenes, pero saben decirte, sin app de smartphone, cuándo va a llover.

cantaro roto

Todos somos diferentes. De hecho no te hará bien esmerarte en querer ser “como alguien ni “como todos“. En todo caso usa las experiencias de otros para aprender de sus errores o trata de replicar en ti alguno de los valores que veas brillar en alguien. Pero no quieras “ser ese alguien“.
Tú eres genial por ser quien eres: no por cuántos te aceptan…, no por los productos que luces… No necesitas todo eso para ser un héroe: con cada sonrisa que regalas, cada acto de entrega por pequeño que sea, estás cambiando la vida de muchas personas (la de aquella que la recibe; las de quienes, sin tu saberlo, observan con aprecio ese detalle que les hace reflexionar…; y, por supuesto, la tuya).

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